Primer movimiento
El malecón
andante. Donde Staré Město se encuentra con el agua.
Allí donde el Moldava se curva bajo las agujas de Staré Město, un paseo de piedra os lleva durante unos cuatrocientos metros a través de la música de Praga. Smetanovo nábřeží discurre por la orilla derecha del río, entre los grandes arcos del Karlův most y la curva hacia el Národní divadlo, y reúne, en su modesta longitud, más peso cultural que acaso cualquier otro cuarto de milla en Bohemia.
No es una calle ancha, ni es, al modo de los malecones europeos, especialmente ajetreada. Pasan sus tranvías; pasan sus corredores y sus turistas; sus pescadores, en los meses cálidos, se acomodan a la baranda y fingen no verlos. Lo que perdura es el ángulo de la luz que rebota del agua a las cinco de la tarde, el lento giro del río hacia Malá Strana, y la silueta del Castillo que ningún praguense deja del todo de mirar.
Es, en sentido literal, un borde — el instante en que la ciudad medieval se detiene y el río empieza — y como todos los bordes posee la cualidad de ser un escenario. En su centro está Smetana, en bronce, mirando el agua. La torre del agua vela sobre su hombro. El puente se tiende hasta Malá Strana. Nada de ello es casual.